¿Dónde dejé mis llaves? ¿Cuál es el título de esa película? ¿Qué iba a sacar del cajón que acabo de abrir? Este tipo de olvidos suelen ser habituales en la vida cotidiana y en general no reflejan la presencia de enfermedad. De hecho, obedecen al funcionamiento normal del cerebro.

Durante el día, las personas registramos todo lo que vemos y experimentamos en nuestro entorno, con ello recopilamos cantidades enormes de información. Al dormir, clasificamos esta información, conservando solo una parte y desechando el resto. Si hubiese que almacenar absolutamente todo lo que vemos, escuchamos o leemos cada segundo, el cerebro estaría sobrecargado y no seríamos capaces de comprender o dar sentido a toda esa información.

En los años veinte del siglo pasado la ciencia estudió el caso de Solomon Shereshevsky, un hombre de nacionalidad rusa que presentaba hipermnesia, es decir, exceso de memoria. Era incapaz de olvidar un nombre, un dato, una cara, lo recordaba absolutamente todo, aunque pasaran años. Sin embargo, en realidad su cerebro no sabía manejar tanta información, mezclaba datos y su don se convirtió en un tormento.

La pérdida de memoria relativa se puede considerar un proceso necesario y frecuente, que en ocasiones se relaciona con procesos como la falta de atención, el estrés o la ansiedad. También hay aparentes “lagunas mentales” que no lo son en realidad, no recordar dónde hemos dejado el celular no es un problema de memoria, sino que muchas veces actuamos en forma inconsciente o automática pensando en otra cosa y por lo tanto no guardamos el recuerdo de nuestros actos.

Otra de las causas de estos olvidos cotidianos se relaciona con la ubicación espacial, es decir, la memoria se codifica en un lugar geográfico determinado. Si estoy en la sala y voy a la cocina por un papel, cuando cambio de escenario ya he salido del lugar donde se creó el recuerdo, por lo que éste se desvanece. En este caso: si olvidé que he ido por un papel, la mejor técnica para recordar es volver a la sala.