¿Qué es la epilepsia?

La epilepsia es una dolencia crónica que se caracteriza por repetidas crisis provocadas por descargas excesivas de las neuronas cerebrales. No es una enfermedad hereditaria, a pesar de que sí presenta cierto grado de predisposición familiar. Afecta a cualquier edad, aunque se diagnostica más durante la infancia y la adolescencia.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que más de un 5% de la población mundial sufrirá algún tipo de crisis a lo largo de su vida, pero no todas las personas que tienen una crisis padecen epilepsia. Para contar con el diagnóstico hay que padecer, como mínimo, dos crisis.

Una crisis epiléptica ocurre cuando una actividad anormal eléctrica en el cerebro causa un cambio involuntario de movimiento o función del cuerpo, de sensación, en la capacidad de estar alerta o de comportamiento. Un episodio puede durar desde segundos hasta varios minutos. Las crisis ocasionales o asociadas a una enfermedad aguda -como fiebre alta, infección, traumatismo o tumor craneal, entre otros- no son consideradas epilepsia.

Los síntomas que manifiesta una persona durante una crisis dependen de la zona del cerebro donde se suceda la alteración de la actividad eléctrica. En la epilepsia se diferencian las formas parciales o focales y las generalizadas. Las primeras pueden provocar síntomas y signos motores, sensitivos y psíquicos y disminución del nivel de conciencia. Las crisis generalizadas se clasifican en convulsivas y no convulsivas, como las ausencias.

Cómo actuar ante una crisis convulsiva: primeros auxilios

  • Ante todo, conservar la calma e impedir que la gente se aglomere alrededor de la víctima.
  • Acomodarla en el suelo si no se ha caído, que es lo más habitual. Para prevenir una posible lesión, hay liberar la zona de muebles u obstáculos que puedan suponer un peligro potencial. Lo más importante es proteger la cabeza para evitar traumatismos craneales; para ello se debe colocar algo blando debajo (abrigo, chaqueta) y sujetársela.
  • Aflojar cualquier tipo de indumentaria que lleve alrededor del cuello.
  • Poco a poco, hay que voltearla hasta dejarla en la posición lateral de seguridad, para ayudar a mantener abiertas las vías respiratorias y, en caso de vómito, impedir que sea aspirado hacia los pulmones.
  • Quedarse a su lado, controlando el pulso y la frecuencia respiratoria, hasta que lleguen los servicios de urgencia. El testimonio de la persona que lo ha asistido durante la evolución de la crisis (síntomas y duración del episodio) puede ser primordial para establecer el diagnóstico.
  • Y, por último, hay algunas cosas que nunca hay que hacer, porque puede incluso que sean muy peligrosas. No se debe colocarle nada en la boca ni intentar agarrarle la lengua; es imposible que se la trague y el peligro de mordedura una vez ha empezado la convulsión ya no se puede evitar. No hay que sujetarle el tronco ni las extremidades para impedir las contracciones, ya que la inmovilización no reduce el ataque ni sus efectos. No trasladarlo de lugar: es mejor dejarlo donde comenzaron las contracciones hasta que termine el episodio activo.

    Una vez superado el proceso, hay que dejar que la víctima se despierte sola, sin estimularla con sacudidas o pellizcos. Es importante, además, no darle agua ni medicamentos orales, aunque sean antiepilépticos, hasta que no esté por completo recuperada.

    Como norma general, es una situación de emergencia cuando el episodio dura más de lo habitual, las crisis son distintas a las sufridas anteriormente, son secundarias a un golpe o traumatismo, la persona presenta sucesivas crisis convulsivas sin recuperar la conciencia entre ellas, después de un episodio no ha recuperado la respiración espontánea o cuando la caída por una crisis le haya provocado contusiones o heridas importantes.

    La epilepsia en el mundo

    La epilepsia afecta a personas de todas las edades. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que en todo el mundo hay cerca de 50 millones de pacientes que conviven con la enfermedad y cerca del 80% viven en países en desarrollo. Y es en estos países con ingresos bajos donde cerca del 75% de los afectados no reciben el tratamiento que necesitan.

    Esta patología se acompaña de graves repercusiones en la vida de los que la sufren, que pueden ser víctimas de estigmatización y discriminación en algunas regiones del mundo todavía, y provoca muerte prematura y pérdida de productividad laboral, generando importantes repercusiones económicas.

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